Caballo en el árbol
A mi querido amigo, Manolo Paredes
La última vez
que conversamos, en mayo del 2019, estuvimos de acuerdo que en cuanto se nos pasara la mala racha y el
dolor amainara y cada uno de nosotros pudiese de nuevo andar por sus propios pies -sin
ataduras ni amarguras, quiero decir-, iniciaríamos un nuevo proyecto
editorial. También coincidimos en que dicho proyecto se llamaría Caballo en el Árbol, despertando o
queriendo despertar con ello la curiosidad de los lectores, provocando el interés
de los amigos, tratando de unir signos dispersos que nos ayudaran a recuperar el
elemento sorpresa que -a nuestro juicio- la poesía había perdido: Editorial Caballo en el Árbol. ¡Ja!

Nos lo tomamos tan
en serio, que convinimos también ir pensando en diseñar un logo para la Editorial, eso dijimos, nuestra
imagen de marca, el escudo con que enfrentaríamos la lucha en esta nueva
trinchera de la batalla cultural, la misma batalla, o continuidad de todas las
anteriores, en que nos habíamos enfrascado hacía ya más de 40 años y que nada
indicaba fuésemos a abandonar, a pesar de nuestras limitadas y ya gastadas -por no
decir francamente estropeadas-, energías.
Lo convencí fácilmente
de lo bello que sería si nuestra bandera editorial llevara o llevase por insignia
la imagen de un árbol chileno, un quillay, por ejemplo, le decía yo, con un caballo trepado
a su copa, o mejor aún, la silueta de un caballo formado solo por la hojarasca y ramajes del árbol.
Esta última idea le gustó tanto, que no impuso la propia, bastante buena, por lo
demás, ya que se trataba simplemente de un caballo pastando bajo la sombra de
un árbol muy frondoso. Una higuera, ponte tú, dijo él. Un olmo, el roble típico,
la dura encina, propuso en ánimo de placer sonoro, para disfrutar el sonido de las palabras, más que para demostrar conocimientos. Un álamo huacho, aporté yo, con el fin de bromear y
hacerle sonreír, cosa que por cierto, conseguí.
Resolvimos entonces
entregar la idea al dibujante de la familia y quedarnos atentos a recibir una o
varias propuestas, entre las que elegiríamos la mejor, la que más nos convenciera.
¿Qué es el logo?
¿Por qué para para nosotros era tan importante contar con un logo antes de
iniciar cualquier acción? ¿Existiría el No
Logo? Son preguntas retóricas que ahora
me hago y que lamentablemente mi amigo ya no está para responder.
Así que respondo
yo por defecto, en su ausencia, imitando su estilo aunque jamás el tono de
profesor paciente que lo distinguía: “Logos (en griego λóγος-lógos-) es una
palabra griega que tiene varios matices de significado: Logos es la palabra en
cuanto meditada, reflexionada o razonada. Puede traducirse de distintas formas:
habla, palabra, razonamiento, argumentación o discurso”.
Colijo hoy que la
palabra meditada no es otra cosa que nuestra actitud ante el mundo. Eso es el Logos, nuestra parada. Para ser más claros y precisos y para que a nadie llame a
confusión, en este mundo moderno antes que ser
lo importante es cómo nos ven: Editorial Caballo en el Árbol, poesía en marcha, sería para nosotros la
forma en que el mundo nos miraría o –mejor dicho-, nos leería.
Estas eran
nuestras disquisiciones en esos días. Estamos hablando del 2019, en las
postrimerías de la última Era, un poquito antes del gran estallido social que
hizo ladrar a los perros y saltar los ascensores del poder, provocando un
desenlace de muerte, juicio, infierno y gloria, y faltando menos de un año para
que se nos viniera encima el otro estallido, esta vez mundial, el COVID19, la
gran pandemia que nos tiene de rodillas sufriendo sin piedad a pobres y a
ricos, a moros y a cristianos, sin excepción y que de paso, le ha robado a la
palabra su exclusiva categoría de virus,
al decir de William Burroughts y su teoría
fundamental, cito “la palabra escrita fue
literalmente un virus que
hizo posible la palabra hablada”.
Si bien nuestro
plan editorial era muy básico y consideraba imprimir tiradas de 100 ejemplares
numerados del 001 al 100, al mismo tiempo era lo suficiente ambicioso como para
hacernos soñar de verdad. Nuestros libros contendrían un solo poema, un poema
largo, “de 40 respiros”, medida no antojada sino estudiada y calculada por
nosotros tras largas lecturas una tarde en su casa de La Cisterna, al Sur del
barrio Sur de Santiago. No inventamos el término, es cierto, pero ambos suscribimos
los postulados de la escuela pre vanguardia, inventora del libro objeto, que
nosotros, dándole una vuelta de tuerca, llamaríamos el libro cosa, de esquinas romas, con solapas informativas de la obra
y su autor, libros bellos, delgados,
livianitos, de tapas duras, con portadas monocolor bien cargadas a los tonos amarillos,
a los colores ocres, siena, mostaza, cadmio, indio. Recuerdo que recorrimos toda
la gama de los amarillos con el placer que pueden sentir dos sujetos que
reconocen ser poetas por no haber sido o podido ser pintores. Aunque en esto, mi
viejo y cansado amigo me sacaba por lejos ventaja dándome cancha, tiro y lado. Así
que, como es de imaginar, ganó su opción: el color de nuestra editorial sería Amarillo-rojo-terracota-diaguita, un
color inventado por él mismo y que consistía en la mezcla del Amarillo de Marte,
una gota de Cadmio Oscuro y algunos golpecitos de Rojo Ocre.
Para el título y
nuestro logotipo, reservaríamos solo el color negro, que equivale a decir, la suma
de todos los colores.
El orden de publicaciones
lo teníamos claro: los primeros poemas en publicar serían los nuestros, uno
cada uno, continuaríamos luego con los textos de lxs amigxs y conocidxs más cercanxs. Finalmente, y cuando ya no
quedara ningunx de lxs nuestrxs, agotado el stock de camaradas, publicaríamos a
quien golpeara a nuestra puerta (en el caso que tuviéramos una) y si no -dicho
metafóricamente- a quien llamase a la puerta de nuestro correo electrónico o a
la del buzón de mensajes dispuesto en las plataformas digitales.
La única
condición que pondríamos para aceptar o rechazar a un o una poeta que quisiera
ser parte de “Caballo en el Árbol”, poesía
en marcha, sería la de poder someterlo (o someterla) a una lectura crítica
doble. Si el poema del postulante era capaz de sobrevivir a ese castigo, entonces
nosotros lo haríamos brillar.
Soñábamos con ver un escaparate lleno de
libros amarillos. Después de nosotros -los burros siempre adelante- vendrían Natio,
Jomar y Nils. Rescataríamos de Natio, o más bien dicho, de sus viejas carpetas,
el mejor de sus poemas visuales y lo convertiríamos en libro. Luego vendría nuestro
querido Jomar, a quien le teníamos reservado un escarbe minucioso para rescatar
una de sus bellezas más ocultas, que habíamos venido descubriendo a raudales en
el bajo relieve de su producción. El
próximo de la lista, y para terminar con
los históricos, sería Nils, a quien llamábamos el poeta de bronce, por su
afición a la artesanía en metal y a quien abordaríamos con paciencia de
viñateros: podaríamos sus versos cortando sarmientos repetidos aquí y quitando nudos
de más allá, hasta que la uva, a la que sabíamos
estaban destinadas sus parras, pudiese dar el vino que todos queríamos beber.
Otro día cualquiera volvimos a conversar.
No se sentía muy bien. Esta vez el diálogo fue breve, pero decisivo: Definamos
la extensión de los poemas, me pidió, ¿los nuestros?, sí, que sean largos,
respondí, ¿largo total?, de 40 respiros, 10 páginas, precisé, recordando lo que
habíamos hablado antes, buena medida, ¿y qué tipo de verso?, verso libre. Su
última pregunta la contesté sin pensarlo mucho, reaccionando a la defensiva,
habría sido un suicidio desafiar su dominio del octosílabo y la décima espinela. Trato hecho, dijo, será verso
libre, y me cortó la llamada.
Conociendo la capacidad de trabajo de mi
amigo, seguramente a los pocos días ya habría resuelto la elección o
construcción de su poema. Tema y título estarían definidos antes que su
cafetera dejara de echar vapor. Entre servir y beber ya tendría elegida la
estructura del texto, o por lo menos su esqueleto. El resto lo iría resolviendo
en el transcurso de su caminata diaria hacia las ferias de cachureos o dando
vueltas alrededor del patio de su casa, entre la pileta y el portón de entrada. Y por cierto, actuaría siempre como un
maestro, implacable consigo mismo, con la voluntad y rigor que solo otorga una
vida entera dedicada a componer palabras, unir ideas y escrutar las estrellas.
Yo, en cambio, me tomaría un poco más de
tiempo y seguramente me costaría más decidir el qué y el cómo y al final terminaría
escribiendo un poema que de seguro me brotaría por el lado del resentimiento, como
me suele ocurrir, por un costado de la rabia, por la herida abierta de la
culpa, la mala infancia y el miedo.
El poema que elegí para collerear con mi amigo en el ruedo, fue Piñén, un poema mal terminado que
llevaba años intentando cerrar y que trataba sobre la delgada línea que separa
el color moreno de la piel y la mugre que mi madre se afanaba en limpiar y
limpiar con su dolorosa piedra pómez y que por más que refregaba los nudillos,
las rodillas y los codos, la mugre, el piñén, lo negro, no desaparecía y en vez
de ponerse blanca la zona se ponía morada, roja oscura, color dolor, color niño
negro.
Antes de partir, sabiendo que las fuerzas lo
habían abandonado y que ya no estaba para responder mensajes de nadie, grabé un
audio cortito y se lo envié con la esperanza que en algún momento lo pudiera
escuchar. Quería hacerlo pensar en otra cosa, sacarlo por un instante de su lugar
y trasladarlo en espíritu a mi propio día a día. Le conté entonces que estaba
en mi casa y que por fin había tenido el tiempo que necesitaba para reparar el
corral de Marcelú, destapar la trampa de
grasa de las aguas grises, subir al techo a sacudir el polvo acumulado en los
paneles solares, aceitar la cadena de la bicicleta y escribir el último verso
de Piñén…
Limpia
madre con esmero /raspa la piedra / que a tu hijo lo bendiga la blancura / no
decaigas en el intento /este es un buen día para esclarecer las cosas / cantemos
entonces la canción de los perpetuos rebeldes / la balada azul de los malos
discípulos / esa que dice que nada grave pasará / nada diferente a lo vivido /
tú te vas / yo me quedo / hasta que nos volvamos a encontrar…
Todo esto lo recuerdo ahora que estoy aquí sentado
en una banca de la Plaza “Manuel Paredes Parod”, en el barrio centro sur de la capital,
mientras fumo un tabaco liado y pienso en todo aquello en lo que no se debe
pensar: lo que no dije y me callé, lo que se me quedó guardado para mí y que me
tiene fumando como si creyera o tuviese la seguridad de que si fumo harto el
humo del cigarro se llevará una parte de la pena y la otra parte la podré
aplastar junto a la colilla que en este
mismo instante boto al suelo antes de salir caminando por Avenida Eduardo Yáñez
hacia la Rotonda de las Tres Marías, desde donde nacen y se bifurcan las
diagonales Varinius y Soley cuya gracia consiste justamente en que si bien son calles
paralelas y que corren en una misma dirección, ambas se van abriendo hasta
separarse completamente para luego, tras una inesperada curva que hace una de
ellas, iniciar –por así decirlo- el camino de retorno y volver a juntarse en una esquina,
coincidiendo con la casa más linda del lugar, la única que podría albergar
nuestra Editorial Caballo en el Árbol y que queda justamente al lado de un lugar
histórico, un baluarte de las luchas editoriales, el Centro de Literatura y Reciclaje,
Bodega de Acopios, “Don Álvaro”, patrimonio tangible, orgullo de la ciudad.
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