martes, 27 de junio de 2023

Una lectura lluviosa para entibiar el alma

Leyendo “La Sombra de lo que Fuimos”, uno de los últimos libros de Luis Sepúlveda y quizás uno de sus trabajos más autobiográficos, no tanto por lo que dice de sí mismo, como por lo que habla de su generación, nuestros primos grandes, esos que bordeaban o apenas subían los veinte años, en plena UP. 

Los hechos transcurren en Santiago en un julio lluvioso con desbordes de canal y avenidas convertidas en ríos, transeúntes trabajando de “caballos” de otros transeúntes, para ayudarles a cruzar la calle al apa, o subidos en triciclos de gas, devenidos en Uber de orilla a orilla.


La novela es casi un policial (o lo es derechamente)  por lo que dan muchas ganas a de apurar la lectura y llegar hasta el final y así conocer la suerte que han corrido los personajes, en su mayoría gente de 60 y 70, politizada, con ideas propias y -por consecuencia- con estilo: elegantes y rebeldes para vivir y también para morir.

Leer está novela antes de ayer, ayer y hoy, digo esta tarde, es como haber leído un libro con un telón de fondo casi idéntico al retrato que hace el autor del Santiago antiguo. Ergo/ ¡somos hijos de las mismas alcantarillas tapadas!

Llueve y leo, se desbordan los ríos y sigo leyendo, se inundan los mismos pasos bajo nivel y mi lectura no amaina. Confundo una lágrima con una gota de lluvia.

sábado, 4 de febrero de 2023

 

Caballo en el árbol

A mi querido amigo, Manolo Paredes

La última vez que conversamos, en mayo del 2019, estuvimos de acuerdo que en cuanto se nos pasara la mala racha y el dolor amainara y cada uno de nosotros pudiese de nuevo andar por sus propios pies -sin ataduras ni amarguras, quiero decir-, iniciaríamos un nuevo proyecto editorial. También coincidimos en que dicho proyecto se llamaría Caballo en el Árbol, despertando o queriendo despertar con ello la curiosidad de los lectores, provocando el interés de los amigos, tratando de unir signos dispersos que nos ayudaran a recuperar el elemento sorpresa que -a nuestro juicio- la poesía había perdido: Editorial Caballo en el Árbol.  ¡Ja! 




Nos lo tomamos tan en serio, que convinimos también ir pensando en diseñar un logo para la Editorial, eso dijimos, nuestra imagen de marca, el escudo con que enfrentaríamos la lucha en esta nueva trinchera de la batalla cultural, la misma batalla, o continuidad de todas las anteriores, en que nos habíamos enfrascado hacía ya más de 40 años y que nada indicaba fuésemos a abandonar, a pesar de nuestras limitadas y ya gastadas -por no decir francamente estropeadas-, energías.

Lo convencí fácilmente de lo bello que sería si nuestra bandera editorial llevara o llevase por insignia la imagen de un árbol chileno, un quillay, por ejemplo, le decía yo, con un caballo trepado a su copa, o mejor aún, la silueta de un caballo formado solo por la hojarasca y ramajes del árbol. Esta última idea le gustó tanto, que no impuso la propia, bastante buena, por lo demás, ya que se trataba simplemente de un caballo pastando bajo la sombra de un árbol muy frondoso. Una higuera, ponte tú, dijo él. Un olmo, el roble típico, la dura encina, propuso en ánimo de placer sonoro, para disfrutar el sonido de las palabras, más que para demostrar conocimientos. Un álamo huacho, aporté yo, con el fin de bromear y hacerle sonreír, cosa que por cierto, conseguí.

Resolvimos entonces entregar la idea al dibujante de la familia y quedarnos atentos a recibir una o varias propuestas, entre las que elegiríamos la mejor, la que más nos convenciera.

¿Qué es el logo? ¿Por qué para para nosotros era tan importante contar con un logo antes de iniciar cualquier acción? ¿Existiría el No Logo?  Son preguntas retóricas que ahora me hago y que lamentablemente mi amigo ya no está para responder.

Así que respondo yo por defecto, en su ausencia, imitando su estilo aunque jamás el tono de profesor paciente que lo distinguía: “Logos (en griego λóγος-lógos-) es una palabra griega que tiene varios matices de significado: Logos es la palabra en cuanto meditada, reflexionada o razonada. Puede traducirse de distintas formas: habla, palabra, razonamiento, argumentación o discurso”.

Colijo hoy que la palabra meditada no es otra cosa que nuestra actitud ante el mundo. Eso es el Logos, nuestra parada. Para ser más claros y precisos y para que a nadie llame a confusión, en este mundo moderno antes que ser lo importante es cómo nos ven: Editorial Caballo en el Árbol, poesía en marcha, sería para nosotros la forma en que el mundo nos miraría o –mejor dicho-, nos leería.

Estas eran nuestras disquisiciones en esos días. Estamos hablando del 2019, en las postrimerías de la última Era, un poquito antes del gran estallido social que hizo ladrar a los perros y saltar los ascensores del poder, provocando un desenlace de muerte, juicio, infierno y gloria, y faltando menos de un año para que se nos viniera encima el otro estallido, esta vez mundial, el COVID19, la gran pandemia que nos tiene de rodillas sufriendo sin piedad a pobres y a ricos, a moros y a cristianos, sin excepción y que de paso, le ha robado a la palabra su exclusiva categoría de virus, al decir de William Burroughts  y su teoría fundamental, cito “la palabra escrita fue literalmente un virus que hizo posible la palabra hablada”.

Si bien nuestro plan editorial era muy básico y consideraba imprimir tiradas de 100 ejemplares numerados del 001 al 100, al mismo tiempo era lo suficiente ambicioso como para hacernos soñar de verdad. Nuestros libros contendrían un solo poema, un poema largo, “de 40 respiros”, medida no antojada sino estudiada y calculada por nosotros tras largas lecturas una tarde en su casa de La Cisterna, al Sur del barrio Sur de Santiago. No inventamos el término, es cierto, pero ambos suscribimos los postulados de la escuela pre vanguardia, inventora del libro objeto, que nosotros, dándole una vuelta de tuerca, llamaríamos el libro cosa, de esquinas romas, con solapas informativas de la obra y su autor,  libros bellos, delgados, livianitos, de tapas duras, con portadas monocolor bien cargadas a los tonos amarillos, a los colores ocres, siena, mostaza, cadmio, indio. Recuerdo que recorrimos toda la gama de los amarillos con el placer que pueden sentir dos sujetos que reconocen ser poetas por no haber sido o podido ser pintores. Aunque en esto, mi viejo y cansado amigo me sacaba por lejos ventaja dándome cancha, tiro y lado. Así que, como es de imaginar, ganó su opción: el color de nuestra editorial sería Amarillo-rojo-terracota-diaguita, un color inventado por él mismo y que consistía en la mezcla del Amarillo de Marte, una gota de Cadmio Oscuro y algunos golpecitos de Rojo Ocre.

Para el título y nuestro logotipo, reservaríamos solo el color negro, que equivale a decir, la suma de todos los colores.

El orden de publicaciones lo teníamos claro: los primeros poemas en publicar serían los nuestros, uno cada uno, continuaríamos luego con los textos de lxs amigxs y conocidxs más cercanxs. Finalmente, y cuando ya no quedara ningunx de lxs nuestrxs, agotado el stock de camaradas, publicaríamos a quien golpeara a nuestra puerta (en el caso que tuviéramos una) y si no -dicho metafóricamente- a quien llamase a la puerta de nuestro correo electrónico o a la del buzón de mensajes dispuesto en las plataformas digitales.

La única condición que pondríamos para aceptar o rechazar a un o una poeta que quisiera ser parte de “Caballo en el Árbol”, poesía en marcha, sería la de poder someterlo (o someterla) a una lectura crítica doble. Si el poema del postulante era capaz de sobrevivir a ese castigo, entonces nosotros lo haríamos brillar.

Soñábamos con ver un escaparate lleno de libros amarillos. Después de nosotros -los burros siempre adelante- vendrían Natio, Jomar y Nils. Rescataríamos de Natio, o más bien dicho, de sus viejas carpetas, el mejor de sus poemas visuales y lo convertiríamos en libro. Luego vendría nuestro querido Jomar, a quien le teníamos reservado un escarbe minucioso para rescatar una de sus bellezas más ocultas, que habíamos venido descubriendo a raudales en el  bajo relieve de su producción. El próximo de la lista, y  para terminar con los históricos, sería Nils, a quien llamábamos el poeta de bronce, por su afición a la artesanía en metal y a quien abordaríamos con paciencia de viñateros: podaríamos sus versos cortando sarmientos repetidos aquí y quitando nudos de más allá, hasta que la  uva, a la que sabíamos estaban destinadas sus parras, pudiese dar el vino que todos queríamos beber.  

Otro día cualquiera volvimos a conversar. No se sentía muy bien. Esta vez el diálogo fue breve, pero decisivo: Definamos la extensión de los poemas, me pidió, ¿los nuestros?, sí, que sean largos, respondí, ¿largo total?, de 40 respiros, 10 páginas, precisé, recordando lo que habíamos hablado antes, buena medida, ¿y qué tipo de verso?, verso libre. Su última pregunta la contesté sin pensarlo mucho, reaccionando a la defensiva, habría sido un suicidio desafiar su dominio del octosílabo y la  décima espinela. Trato hecho, dijo, será verso libre, y me cortó la llamada.

Conociendo la capacidad de trabajo de mi amigo, seguramente a los pocos días ya habría resuelto la elección o construcción de su poema. Tema y título estarían definidos antes que su cafetera dejara de echar vapor. Entre servir y beber ya tendría elegida la estructura del texto, o por lo menos su esqueleto. El resto lo iría resolviendo en el transcurso de su caminata diaria hacia las ferias de cachureos o dando vueltas alrededor del patio de su casa, entre la pileta y el portón de entrada.  Y por cierto, actuaría siempre como un maestro, implacable consigo mismo, con la voluntad y rigor que solo otorga una vida entera dedicada a componer palabras, unir ideas y escrutar las estrellas.

Yo, en cambio, me tomaría un poco más de tiempo y seguramente me costaría más decidir el qué y el cómo y al final terminaría escribiendo un poema que de seguro me brotaría por el lado del resentimiento, como me suele ocurrir, por un costado de la rabia, por la herida abierta de la culpa, la mala infancia y el miedo.

El poema que elegí para collerear con mi amigo en el ruedo, fue Piñén, un poema mal terminado que llevaba años intentando cerrar y que trataba sobre la delgada línea que separa el color moreno de la piel y la mugre que mi madre se afanaba en limpiar y limpiar con su dolorosa piedra pómez y que por más que refregaba los nudillos, las rodillas y los codos, la mugre, el piñén, lo negro, no desaparecía y en vez de ponerse blanca la zona se ponía morada, roja oscura, color dolor, color niño negro.

Antes de partir, sabiendo que las fuerzas lo habían abandonado y que ya no estaba para responder mensajes de nadie, grabé un audio cortito y se lo envié con la esperanza que en algún momento lo pudiera escuchar. Quería hacerlo pensar en otra cosa, sacarlo por un instante de su lugar y trasladarlo en espíritu a mi propio día a día. Le conté entonces que estaba en mi casa y que por fin había tenido el tiempo que necesitaba para reparar el corral de Marcelú,  destapar la trampa de grasa de las aguas grises, subir al techo a sacudir el polvo acumulado en los paneles solares, aceitar la cadena de la bicicleta y escribir el último verso de Piñén

Limpia madre con esmero /raspa la piedra / que a tu hijo lo bendiga la blancura / no decaigas en el intento /este es un buen día para esclarecer las cosas / cantemos entonces la canción de los perpetuos rebeldes / la balada azul de los malos discípulos / esa que dice que nada grave pasará / nada diferente a lo vivido / tú te vas / yo me quedo / hasta que nos volvamos a encontrar…

Todo esto lo recuerdo ahora que estoy aquí sentado en una banca de la Plaza “Manuel Paredes Parod”,  en el barrio centro sur de la capital, mientras fumo un tabaco liado y pienso en todo aquello en lo que no se debe pensar: lo que no dije y me callé, lo que se me quedó guardado para mí y que me tiene fumando como si creyera o tuviese la seguridad de que si fumo harto el humo del cigarro se llevará una parte de la pena y la otra parte la podré aplastar junto a  la colilla que en este mismo instante boto al suelo antes de salir caminando por Avenida Eduardo Yáñez hacia la Rotonda de las Tres Marías, desde donde nacen y se bifurcan las diagonales Varinius y Soley cuya gracia consiste justamente en que si bien son calles paralelas y que corren en una misma dirección, ambas se van abriendo hasta separarse completamente para luego, tras una inesperada curva que hace una de ellas, iniciar –por así decirlo- el camino de retorno y  volver a juntarse en una esquina, coincidiendo con la casa más linda del lugar, la única que podría albergar nuestra Editorial Caballo en el Árbol y que queda justamente al lado de un lugar histórico, un baluarte de las luchas editoriales, el Centro de Literatura y Reciclaje, Bodega de Acopios, “Don Álvaro”, patrimonio tangible, orgullo de la ciudad.

 

 

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Gabriela al alcance

Nuestros vicios son sencillos: tabaco y poesía.

¡Coffee & cigarettes!


jueves, 27 de noviembre de 2014

Muere el filósofo chileno Humberto Giannini, nos quedan para siempre sus palabras



La muerte de Humberto Giannini me apena en forma especial. No lo conocí. y sin embargo siento que con él ha partido un soldado de mi propia guerra. Pero qué digo.... ¡un general!. Le debo a este querido escritor y pensador sanbernardino, habitante de Ñuñoa, algunas de las pocas certezas con las que he hecho mi vida, entre ellas, entender que si existimos es porque somos domiciliados, porque tenemos un domicilio , un lugar al que nos recogemos al final de cada jornada, así seamos vagabundos, habitantes de un rincón sin número en la ciudad. La condición humana que más destaca Giannini es la de pasante, con una identidad que se juega en rutinas, periplos, pausas y conversaciones.

Ahora mismo recuerdo una declaración suya a The Clinic, en una de las escasas entrevistas que dio: "imagino el futuro sin automóviles". Me emocionó tremendamente esa certeza suya, creer que la caminata y la energía humana puedan ser el motor de las nuevas generaciones.

Gracias Giannini, una parte mía se va contigo, y quizás por eso mismo tus lectores estaremos más cerca tuyo que nunca, abrazados, como es debido, a tus palabras,en medio de la tormenta.

jueves, 26 de junio de 2014

"Después de todo, nos volveremos a encontrar" Fotos de Jorge Tellier


A fines del 2013 encontré de casualidad a mi viejo amigo y ex compañero de Talleres Andamio Osvaldo Morales Barraza, Junto con alegrarme y hablar de distintos temas, le conté que tenía en mi poder, guardado en el entretecho de mi casa, un manojo de negativos blanco y negro con fotos de Jorge Tellier. Se trataba de imágenes tomadas a comienzos de los 80'. Prometí rescatar a la brevedad el material y compartir con él una copia. Pasó el tiempo y no cumplí: la vida, el día a día, las tantas cosas... Luego, al enterarme del lanzamiento de un libro con poesía de Tellier, reunida por Juan Carlos Villavicencio para Ediciones Cátedra (!!!), lleno de júbilo, alegre por esa conjunción de estrellas, Tellier y Cátedra, renové mi compromiso. 



Se sabe que dos promesas  sobre un mismo asunto obligan como un doble juez, así que finalmente subí al entretecho, encontré los negativos, los mandé a revelar a un local de Mac Iver, (la misma calle donde debo haber comprado los rollos originales hace tantos años), y aquí están ahora, convertidos en estas 5 fotos en formato digital que entregamos aquí a manera de celebración por el cumpleaños número 79 de este querido poeta, a quien leer es siempre como regresar a casa.



Las fotos nos son de las mejores, sin embargo tienen el valor de lo no visto. Algunas vienen verticales, otras horizontales, definidas y desenfocadas, todas aquí, siguiendo la misma secuencia con que fueron tomadas. El escenario es la Librería Rucaray, (antecesora de la actual Librería Crisis, en Valparaíso, propiedad de ese otro querido amigo, Mario Llancaqueo) y que estaba ubicada en calle Merced, en un rincón frente al Teatro La Comedia,. Ese día, a principios de los 80', Tellier hojeaba libros viejos en este lugar mientras yo, aprendiz iluminado, ponía en práctica esa antigua enseñanza que dice que la fotografía es por sobre todo un instante y un clic, no un antes ni un después, sino un preciso y justo momento.


 












miércoles, 7 de abril de 2010

Adiós reloj

Me despido de mi reloj. Después de tantos años lo acabo de cambiar. En el último tiempo lo había intentado muchas veces, pero ninguno me pareció ni tan simple ni tan hermoso.

Me despido de él con gratitud. Le debo la puntualidad y el atraso.

Lo enterraré en el patio de mi casa, como se debiera hacer con los viejos zapatos, que después de tantos años de trabajo, finalmente les llega su hora de hacer un alto y descansar.

viernes, 26 de febrero de 2010

Miere

No recuerdo cómo ni cuándo ni bajo qué circunstancias llegó a nuestra casa. Sólo sé que de un día para otro pasaría a formar parte de la familia y que por muchos años sería nuestro obrero puertas adentro, el hombre de la fuerza bruta, el integrante número trece que vino a colmar la felicidad de mi abuela, el que faltaba para que su mesa estuviese completa.

Tenía aspecto de vagabundo y olía como vagabundo. La vida en él se acumulaba igual como la hacía la mugre en su ropa y en su cuerpo. Dormía en una pequeña pieza al fondo del patio. Durante los años que estuvo con nosotros nunca supimos nada de su vida. Ni el nombre de su madre, ni su edad, ni el lugar donde nació. Nada que se pueda contar. Ni siquiera el origen de su nombre. Miere. Así le decíamos. Miere, venga. Y Miere venía.

Era alcohólico, fumador, humilde y servicial. Lo llegamos a querer mucho. Tanto como se puede querer a un perro fiel y cariñoso. Agradecíamos la lealtad de su espíritu pasando por alto su absoluta falta de aseo. Cada quince días mi abuela lo obligaba a darse un baño. Hacíamos una fogata en el patio de la casa y echábamos a hervir su ropa inmunda, un montón de trapos sebosos y pestilentes. Ese día, Miere se lavaba el pelo con detergente y almorzaba con nosotros. Celebrábamos su baño como si fuera un verdadero acontecimiento, brindando por la unión y la salud de la familia.

Me gustaba mirarle sus manos grandes y rotas, su manera de empuñar la cuchara y llevársela a la boca, sus poderosas mandíbulas triturando el ají verde que mi abuela le regalaba como premio a su obediencia.

A los pocos días, con el trabajo y la falta de baño, volvía a ser el asco de siempre, el sirviente más cochino que jamás he conocido, el más atorrante.

Un par de veces intentamos engañarlo. Cuando recuperó la noción del tiempo y se dio cuenta que estábamos tratando de hacerle pasar semana por quincena, se enfureció mucho. “Seré cochino, pero no tonto”, gritó desde su cuarto y se encerró. Horas después, con un sigilo inmundo, asomó la nariz, y al comprobar que no había nadie, huyó en dirección al bar donde le gustaba quejarse y tomar. Por la noche se le escuchó llegar más borracho que nunca. La abuela se sentía tan culpable, que no le dijo nada. Le perdonó ese, su único escándalo.

Condenados a su mal olor, los niños de la familia ocupábamos para estar cerca de él el mismo truco que teníamos para tragar las comidas indeseables: respirábamos por la boca. Así aguantábamos horas.

Nos encantaba ayudarle en sus faenas. Cuando se tienen siete años, resulta muy entretenido aserruchar una tabla o hacer hoyos en busca de cañerías rotas. Aprovechábamos esas ocasiones para hacerle preguntas que él no podía o no sabía responder. Una respuesta suya nos llevaba a otra pregunta y un porqué a otro porqué. Hasta que nos mandaba al carajo y nos pedía que le dejáramos tranquilo.

Alguna vez lo ví llorar. Era de noche y estaba sentado al fondo del patio. Al día siguiente volvió a sonreír. Sin preguntarle nada le regalé la mitad de mi pan con mantequilla. Por la tarde me enseñó que las lágrimas del nogal sirven para pegar papel contra papel. Esa noche dormí pensando que hasta los perros lloran por alguna razón. Pensé también que llorar es aceptar que uno existe.

El lugar en que dormía era una pocilga. Algo que jamás podría llamarse dormitorio. El polvo se había acumulado cubriendo el piso con una delicada alfombra gris, interrumpida sólo por restos de comida y algunos copos de lana sucia arrancados de su destartalado colchón. Las sábanas se veían negras de suciedad y en el interior de sus zapatos en desuso hacían nido las arañas. Las hormigas de Miere deben haber sido las hormigas más felices de toda la casa. Para ellas, la impunidad estaba asegurada. Desfilaban como si marcharan y cantaran en un reino libre, dulce y pegajoso. Sobre el velador había un cuchillo y una cruz de madera a medio terminar, un plato lleno de colillas de cigarros y un alto de diarios viejos. No sabía leer, pero le gustaba mirar las fotos. El decía que «miraba las noticias». Ayer miré dos noticias buenas, me dijo una mañana. En el Japón peleará un boxeador chileno y en otro lugar del mundo los hombres ya llegaron a la luna.

La inmundicia parecía ser su elemento. Para nosotros Miere y la palabra mierda sonaban igual. Pero la gratitud termina por doblegar a los sentidos. No podíamos olvidar que este era el hombre más útil de la casa. Limpiar viejas alcantarillas, botar diariamente los deshechos de la cocina, comprar las verduras para el almuerzo, barrer el inmenso patio y componer las verjas rotas, eran trabajos tan tediosos como imprescindibles para nuestro bienestar. Miles de servicios prestados por tan poco recibido. Un plato de comida y un techo donde guarecerse, no pueden pagarlo todo. “Este hombre se merece el cielo del cielo”, decía mi abuela y le pasaba a escondidas una monedas viejas que él guardaba para sus gastos. Cigarros para la noche y dulces para nosotros.

Se acostaba a última hora y se levantaba de los primeros. Los niños de la casa nunca lo vimos dormir. Le admirábamos. Pensábamos que un hombre que no descansa es un gigante. Nos gustaba salir a la calle con ese gigante. Nos quería y nos cuidaba sin que nadie se lo pidiera. Mi padre se lo agradecía de mil maneras. Un día le regalaba una cosa y otro día otra.

Me daba mucha pena ver a Miere con la ropa vieja de mi padre. Me imaginaba que era mi padre con otro rostro. Me producía una sensación rara, como de tristeza y temor al mismo tiempo. Una especie de miedo al destino. Quizás la certeza precoz de que nadie escoge a su padre así como los padres tampoco escogen a sus hijos. La sola idea que en otra vida Miere hubiese podido ser mi padre me asustaba. Me veía a mí mismo como un Miere chico, un niño sucio y descuidado.

Cuando él hablaba, una voz ronca, casi africana, salía de su boca como si fuera el sonido grave de un trombón; y cuando reía a carcajadas, parecía un hombre tonto y sin dientes. Le traicionaba su simpleza. Trataba de contar una historia y se interrumpía con otra o agregando de la primera detalles sin importancia. Al final, nadie sabía qué estaba contando. A nadie tampoco parecía importarle mucho. Miere estaba feliz y con eso nos bastaba. ¿A qué preguntarse por qué el perro mueve la cola?

Hasta que un día se enamoró. «Nunca falta un roto para un descocido» dijo mi abuela. Miere había encontrado su costurera. Por primera vez le vimos bañarse sin que nadie se lo ordenara. Aquella vez cantó bajo el chorro de agua helada. Semidesnudo, lo recuerdo en medio del patio sacudiendo su cabeza mojada y salpicándonos como si nos bendijera a todos con su inmenso amor.

De ese amor que nosotros hicimos un chiste. Nos resultaba tan gracioso pensar que un hombre así pudiese amar. ¿Cómo sería la Miera del Miere? Nunca la conocimos. Si él fue reservado con su pasado también lo sería con las cosas de su futuro.

El día de su partida nadie lloró. Yo me enteré tres días después. Se fue anteayer, me dijeron, y me quedé toda la mañana pensando. Aprendí que la mejor manera de recibir una mala noticia es que te la cuenten cuando ya ha pasado un buen tiempo. Me fui a su cuarto y respiré profundo los últimos vestigios del único mal olor que he llegado a querer. El olor de Miere. Salí corriendo cuando me acordé que este lugar estaba infectado de arañas. Me imaginé en ese momento rodeado de telas blancas y peligrosas con cientos de ojos que me observaban en la penumbra.

En la casa nadie había dicho que con Miere perdíamos a un gran colaborador. Pero el susto me hizo olvidar la pena.

En una oportunidad nos visitó. Estaba empleado como vigilante en una fábrica de helados. La cuidaba por las noches y había dejado de beber. Su camisa estaba limpia y por la orilla de su zapato izquierdo traía asomaba la punta de una hoja de árbol. Dijo que se le había pegado a la suela cuando cruzó el antejardín. Y yo pensé, es que los árboles de la casa también te echan de menos, Miere.

Parecía un hombre nuevo. Me tomó en sus brazos y me preguntó si quería ver a Dios. Le contesté que sí. Me lanzó con toda su fuerza hacia arriba. Antes de caer pude ver los techos oxidados de las casas vecinas y más allá, el horizonte azul y húmedo de un Otoño antiguo.

Al caer nuevamente en sus brazos me apretó contra su pecho y se quedó así durante algunos minutos. Ahí pude escuchar el volcán de donde venían su voz y su tremenda risa. Ya no olía a alcohol. Su rostro moreno y su pelo negro brillaban como nunca. Yo me sentía feliz. Me dieron ganas de ladrar como un cachorro que se pone contento de ver a su padre.

Miere, nuestro fiel sirviente, se había convertido en un hombre.

Nunca más volvió.

Con los años, en los rincones del que fue su cuarto, siguieron anidando las arañas. Nietas y bisnietas de otras arañas. Desde lejos, en silencio, yo las miraba tejer y tejer, doblar en dos sus palillos quebrados, con sus ojos ciegos, construir una y otra vez la fina tela de algodón en que guardarían su veneno, el nido limpio donde pondrían sus huevos, el túnel misterioso y secreto que tanto temí y en donde nunca quise caer.

Publicado en "La Casa de las Palabras" Editorial Norma 2005, ISBN 9563000145